Cuento con algunos amigos con quienes mantenemos debates muy intensos. Son esas conversaciones sobre temas muy complejos de las que siempre nos vamos con buen sabor de boca porque aprendemos unos de otros. Yo disfruto mucho debatir, quienes me conocen en persona seguramente lo hayan notado. Sin embargo, muchas veces me encuentro en la situación de tener que adoptar un perfil bajo, opinar poco, ignorar ciertos comentarios.
Toda mi vida me mantuve un poco al margen de las grandes discusiones sobre política, religión, educación y demás temas controversiales. Quise mantenerme al margen porque habitualmente no coincido con las mayorías y porque me siento ignorante como para dar una opinión seria. Cuando digo que no coincido no quiero decir que las opiniones sean muy diferentes: hay que terminar con el mal y favorecer el bien, todos estamos de acuerdo. Lo que encuentro es que hay una especie de opinión colectiva que predomina y a la que veo muy difícil de enfrentar.
Por dar un ejemplo: los empresarios son todos unos explotadores y sólo quieren beneficiarse del pobre trabajador. ¿Quién discute eso? Yo. Yo lo discuto. Así me va, claro, tengo muy pocos amigos. Pero lo discuto porque lo he meditado durante muchos años y sigo enriqueciendo mi opinión escuchando la de los demás. Siempre escucho. Y escucho también a los empresarios, al menos los que se dignan a charlar un rato conmigo, que han sido unos cuantos.
Hoy estuve un rato largo conversando con uno de esos amigos con quienes aprendo algo nuevo cada vez que hablo, mi querido amigo Luis. Le comenté sobre mi teoría “La dictadura de las masas” y el daño que le hace a la gente que sí tiene ideas fundadas. En lineas generales, la dictadura de las masas que yo percibo se refiere a esas opiniones públicas políticamente correctas que parece que todos debemos bendecir y aprobar. Volviendo al caso de los empresarios, por ejemplo. Tienen que ser malos, porque sí y punto. No digo que sean santos, sólo digo que son personas como todos. Buenos y malos. ¿Y los empleados? ¿Acaso no abusan de sus derechos?
Recuerdo una empresa cuyo fundador y presidente repartía camisetas blancas con el logo durante las reuniones corporativas. Era obligatorio usar la camiseta por encima de la ropa que uno llevaba para poder participar de dichos eventos. ¿Porqué? Porque quería que todos se sintieran iguales, que los jefes no destacasen por llevar corbata o vestir ropa más cara y así los empleados de menor categoría no se vieran intimidados a la hora de opinar. Es una buena idea, tendrá sus fallos, pero en el fondo es buena idea. Por eso creo que nos falta humildad a todos, debemos buscar esa humildad y ponerla en práctica. Debemos ser autocríticos, escuchar a los demás sin importar qué ropa lleven o qué ideología defiendan. Si alguien critica una idea que parece evidente, no lo ataquemos, escuchemos sus razones. Si no tienen fundamento, dejemos el debate, no conducirá a nada. Pero en cambio, si tiene un porqué, respetemos esa opinión, respetemos el pensamiento de los demás y compartamos nuestros puntos de vista. Entre todos mejoraremos la opinión pública poco a poco.
Un saludo,
Fede
Todavía recuerdo vivamente la vez que mi padre me explicó el funcionamiento de los ascensores. Yo estaba en edad escolar, no recuerdo exactamente mi edad, pero estaría entre los 8 y los 10 años, no creo que más. Nos encontrábamos en el edificio donde trabajaba, una oficina ubicada en pleno centro de Buenos Aires. Yo lo acompañaba porque eran vacaciones y me resultaba toda una aventura entrar en esa oficina, llena de mesas, gente, papeles, máquinas misteriosas (télex y fax, que luego aprendí a usar) y lo más impresionante de todo: la computadora que mi padre tenía en su despacho. Debo reconocer que una vez la colgué… No era un PC de los de hoy en día, tengamos en cuenta que estamos hablando de hace más de 20 años. No recuerdo qué tipo de computadora era exactamente, sólo recuerdo que el monitor era verde.
Ahora bien, la parte difícil es la de los automáticos. Acá es donde la gente sufre una especie de duda existencial, un momento de meditación, esa amarga sensación de no saber qué camino seguir al llegar a la puerta y descubrir que no hay un botón… ¡sino dos! Es terrible, lo sé, pero aunque parezca mentira es fácil de comprender. Lo primero es aceptar que uno no le dice al ascensor lo que éste debe hacer, sino lo que uno quiere hacer. Creo que ese es el punto más duro para todos: aceptar que el ascensor es capaz de decidir si tiene que bajar o subir para venir a buscarnos. Lo que uno debe hacer es apretar el botón “bajar” si tiene que bajar y “subir” si tiene que subir. Ya sé, así suena obvio, evidente, insultante casi, pero, creánme, constantemente me encuentro con gente que lo hace de cualquier forma. Estos ascensores tienen la facilidad extra de poder apretar los botones de aquellos pisos a los que se dirigen sus ocupantes y éste irá parando conforme alcance los pisos.