enero 2007


Cuento con algunos amigos con quienes mantenemos debates muy intensos. Son esas conversaciones sobre temas muy complejos de las que siempre nos vamos con buen sabor de boca porque aprendemos unos de otros. Yo disfruto mucho debatir, quienes me conocen en persona seguramente lo hayan notado. Sin embargo, muchas veces me encuentro en la situación de tener que adoptar un perfil bajo, opinar poco, ignorar ciertos comentarios.

Toda mi vida me mantuve un poco al margen de las grandes discusiones sobre política, religión, educación y demás temas controversiales. Quise mantenerme al margen porque habitualmente no coincido con las mayorías y porque me siento ignorante como para dar una opinión seria. Cuando digo que no coincido no quiero decir que las opiniones sean muy diferentes: hay que terminar con el mal y favorecer el bien, todos estamos de acuerdo. Lo que encuentro es que hay una especie de opinión colectiva que predomina y a la que veo muy difícil de enfrentar.

Por dar un ejemplo: los empresarios son todos unos explotadores y sólo quieren beneficiarse del pobre trabajador. ¿Quién discute eso? Yo. Yo lo discuto. Así me va, claro, tengo muy pocos amigos. Pero lo discuto porque lo he meditado durante muchos años y sigo enriqueciendo mi opinión escuchando la de los demás. Siempre escucho. Y escucho también a los empresarios, al menos los que se dignan a charlar un rato conmigo, que han sido unos cuantos.

Hoy estuve un rato largo conversando con uno de esos amigos con quienes aprendo algo nuevo cada vez que hablo, mi querido amigo Luis. Le comenté sobre mi teoría “La dictadura de las masas” y el daño que le hace a la gente que sí tiene ideas fundadas. En lineas generales, la dictadura de las masas que yo percibo se refiere a esas opiniones públicas políticamente correctas que parece que todos debemos bendecir y aprobar. Volviendo al caso de los empresarios, por ejemplo. Tienen que ser malos, porque sí y punto. No digo que sean santos, sólo digo que son personas como todos. Buenos y malos. ¿Y los empleados? ¿Acaso no abusan de sus derechos?

Recuerdo una empresa cuyo fundador y presidente repartía camisetas blancas con el logo durante las reuniones corporativas. Era obligatorio usar la camiseta por encima de la ropa que uno llevaba para poder participar de dichos eventos. ¿Porqué? Porque quería que todos se sintieran iguales, que los jefes no destacasen por llevar corbata o vestir ropa más cara y así los empleados de menor categoría no se vieran intimidados a la hora de opinar. Es una buena idea, tendrá sus fallos, pero en el fondo es buena idea. Por eso creo que nos falta humildad a todos, debemos buscar esa humildad y ponerla en práctica. Debemos ser autocríticos, escuchar a los demás sin importar qué ropa lleven o qué ideología defiendan. Si alguien critica una idea que parece evidente, no lo ataquemos, escuchemos sus razones. Si no tienen fundamento, dejemos el debate, no conducirá a nada. Pero en cambio, si tiene un porqué, respetemos esa opinión, respetemos el pensamiento de los demás y compartamos nuestros puntos de vista. Entre todos mejoraremos la opinión pública poco a poco.

Un saludo,
Fede

AscensorTodavía recuerdo vivamente la vez que mi padre me explicó el funcionamiento de los ascensores. Yo estaba en edad escolar, no recuerdo exactamente mi edad, pero estaría entre los 8 y los 10 años, no creo que más. Nos encontrábamos en el edificio donde trabajaba, una oficina ubicada en pleno centro de Buenos Aires. Yo lo acompañaba porque eran vacaciones y me resultaba toda una aventura entrar en esa oficina, llena de mesas, gente, papeles, máquinas misteriosas (télex y fax, que luego aprendí a usar) y lo más impresionante de todo: la computadora que mi padre tenía en su despacho. Debo reconocer que una vez la colgué… No era un PC de los de hoy en día, tengamos en cuenta que estamos hablando de hace más de 20 años. No recuerdo qué tipo de computadora era exactamente, sólo recuerdo que el monitor era verde.

Volviendo al tema principal, el de los ascensores, recuerdo que ni bien llegamos a la puerta de los ascensores yo, haciendo uso de mi habitual costumbre individualista, dije: “Yo, yo, dejame que apriete el botón yo.”. Acto seguido, sin esperar autorización paterna, le dí a ambos botones, es decir, el de subir y el de bajar. Ese fue el momento en que mi padre consideró oportuno explicarme porqué había dos botones.

Como veo que hay muchísima gente que no tuvo la suerte de tener un padre tan didáctico que dedicara unos momentos a enseñarle porqué hay dos botones y lo mucho que molesta que le den a ambos cuando sólo se quiere subir o bajar, paso a detallar el uso adecuado del ascensor, que no muerde.

Podemos atrevernos a clasificar los ascensores en dos grandes grupos: los automáticos y los no automáticos, que no manuales. Los no automáticos son los más fáciles porque sólo se pueden llamar mediante un botón. Es decir, salgo de la puerta de casa y me dirijo al ascenscor. Al llegar me encuentro con una puerta y un botón, sólo uno. Lo aprieto y en algún momento el ascensor vendrá a buscarme. Una vez dentro me llevará al piso que le indique. Al no ser automático, normalmente estos ascensores no son capaces de memorizar a qué pisos quiero ir, es decir, si suben 2 personas que van a diferentes plantas, el ascensor sólo irá hasta la primera que se haya elegido.

Ahora bien, la parte difícil es la de los automáticos. Acá es donde la gente sufre una especie de duda existencial, un momento de meditación, esa amarga sensación de no saber qué camino seguir al llegar a la puerta y descubrir que no hay un botón… ¡sino dos! Es terrible, lo sé, pero aunque parezca mentira es fácil de comprender. Lo primero es aceptar que uno no le dice al ascensor lo que éste debe hacer, sino lo que uno quiere hacer. Creo que ese es el punto más duro para todos: aceptar que el ascensor es capaz de decidir si tiene que bajar o subir para venir a buscarnos. Lo que uno debe hacer es apretar el botón “bajar” si tiene que bajar y “subir” si tiene que subir. Ya sé, así suena obvio, evidente, insultante casi, pero, creánme, constantemente me encuentro con gente que lo hace de cualquier forma. Estos ascensores tienen la facilidad extra de poder apretar los botones de aquellos pisos a los que se dirigen sus ocupantes y éste irá parando conforme alcance los pisos.

Una vez, cuando yo ya estaba ducho en esto de los ascensores, me encontraba con un amigo decididos a usar el ascensor de la facultad para bajar. Llegamos los dos a la puerta del ascensor, él miró primero el indicador del piso en el que se encontraba el aparato y apretó el botón “Subir”. Lo miré y le dije: “Vamos hacia abajo, ¿porqué le diste al de subir?”. Su respuesta: “Para que el ascensor suba.”… NO, NO, NO… No… El ascensor automático no hace lo que nosotros le decimos, por el contrario, decide lo que tiene que hacer en función de lo que nosotros queremos hacer. ¿Y si el ascensor tiene alguien dentro que se dirige a una planta superior a la que estábamos mi amigo y yo?, ¿eh?. Entonces cuando deje a su actual ocupante deberá bajar en lugar de subir, ¿no?

Por eso, por favor, nunca hay que apretar los dos botones. No es mucho pedir.

Un saludo,
Fede

Ayer volví a trabajar después de una semana de vacaciones. En realidad fue un poco más de una semana si sumamos también el lunes. Las vacaciones estuvieron muy bien, de hecho descansé tanto que siento como si hubiesen sido unos cuantos días más. Lo malo fue acabar el año con un nuevo ataque de la banda de subnormales terroristas ETA. Esta vez fue en la nueva terminal del aeropuerto de Barajas, concretamente en un módulo del estacionamiento que quedó completamente destrozado. A eso hay que sumarle dos víctimas mortales que estaban descansando en sus respectivos coches.

No sé en qué momento de la historia empezaron a surgir estas organizaciones que se lucran mediante la violencia. Lo más patético de esta gente es que todavía quieren hacerle creer al mundo que lo hacen por algún tipo de ideología, cuando ya todos sabemos de sobra que no siguen más ideología que la del dinero y la del poder. Es su forma de enriquecerse: matar y destruir.

Yo me pregunto qué clase de infancia habrán tenido, cómo habrán sido sus Navidades, sus cumpleaños, sus días de vacaciones a lo largo de sus primeros años para que al pasar la adolescencia emprendan actividades de violencia extrema, de sadismo perverso. Recordemos que quienes han puesto estas bombas no han vivido en un territorio hostil en guerra durante los últimos 30 años, sino en la Europa del siglo XX, que es un lugar bastante acogedor. La violencia está incrustada en nuestra sociedad sin distinción de color, raza, sexo, religión, nacionalidad, estrato social, eso lo tengo claro, pero ¿qué necesidad tienen de hacer esto? Hay muchas formas de enriquecerse e incluso de tener poder sin tener que poner en marcha algo tan desagradable como una bomba. ¿Porqué? Imagino que todas las víctimas de atentados terroristas se harán la misma pregunta con la misma sensación de vacío que siento yo ahora mismo sobre éste tema: ¿porqué?.

Lo único que tengo claro es que no hay que dialogar con ellos ni intentar llegar a un acuerdo de forma diplomática. Hay que encerrarlos en una celda oscura, incómoda y fría durante el resto de sus vidas sin posiblidad de salir ni a ver el sol. No se merecen más que eso.

Un abrazo,
Fede